lunes, 23 de abril de 2012

Centenario de la Revolución Mexicana

             Todos los grandes cambios presentes en la historia del hombre han sido impulsados por los pueblos, motores de los movimientos sociales que surgen cuando las condiciones económicas y políticas ya no satisfacen las necesidades básicas de la mayoría, y se hace indispensable, entonces, construir un nuevo modelo de sociedad que haga posible solucionar dichas necesidades. Así es como debe entenderse el estallido de la Revolución Mexicana: como un movimiento social que exigía eliminar las insostenibles condiciones sociales creadas  por el decadente sistema económico de la gran hacienda  que existía en nuestro país.  

Veamos. El llamado que hiciera Francisco I. Madero en el Plan de San Luís para derrocar al gobierno del general Porfirio Díaz, programado para el día 20 de Noviembre, marcó el inicio de la Revolución Mexicana y tuvo como sustento, las terribles condiciones de miseria y explotación que sufría la gran mayoría de la población. Por ejemplo, de cada tres mexicanos, dos eran campesinos sin tierra, situación que los obligaba a empeñarse de por vida al servicio del señor hacendado y,  por su parte, la naciente clase obrera tenía que trabajar hasta 15 horas de jornada diaria sin contar con garantías laborales. En este sentido, cabe destacar la importante labor de Ricardo Flores Magón, como precursor de la Revolución Mexicana, al frente del Partido Liberal Mexicano, impulsando las huelgas de Cananea (1906) y Río Blanco (1907). 

A principios del siglo XX las compañías europeas contaban con el 45 por ciento de la riqueza nacional. Precisamente la rebelión de Madero estuvo impulsada y financiada por empresarios nacionales y norteamericanos, quienes al ver que las concesiones eran otorgadas a empresas alemanas y francesas decidieron oponerse. Madero buscaba  una reforma política que pusiera fin a la reelección presidencial de Díaz y poder así establecer una democracia al servicio de los nuevos amos.  

Por su parte, los hombres que representaron las demandas del pueblo fueron, por un lado, José Doroteo Arango, conocido como “Francisco Villa” y Emiliano Zapata Salazar, ambos, extraordinarios líderes, estrategas militares y fieles defensores de los intereses del pueblo pobre de México. Finalmente, sus enemigos de clase, representados por  Venustiano Carranza y Álvaro Obregón, mandaron asesinarlos para descabezar el movimiento revolucionario y garantizar así el establecimiento de la naciente democracia burguesa y con ello, la instauración del nuevo modelo social.   

La Revolución Mexicana fue, entonces, un movimiento social que representó el fin del régimen económico que por siglos favoreció a los terratenientes y el nacimiento del capitalismo en nuestra nación. El criminal asesinato contra Villa y Zapata significó también la muerte de las genuinas aspiraciones del pueblo pobre. Si bien, la Constitución de 1917, sintetiza el legado de la Revolución Mexicana, lo cierto es que nuestra carta magna, en su mayor parte, es letra muerta, y su cabal cumplimiento está dosificado conforme a los intereses de la clase en el poder. Mientras tanto el 80 por ciento de la población que actualmente vive en la pobreza, se está cansando de esperar que la Revolución le haga justicia y tarde o temprano la hará valer con sus propias manos. Que conste.  

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